lunes, marzo 26, 2007

HISTORIA QUE PASÓ EN UNA ISLA, 1994

HISTORIA QUE PASÓ EN UNA ISLA

Cuento para niños de cierta edad.

Había una vez una isla que tenía por nombre Isla de Cuba. Era una isla de las más bonitas que puede haber en el mundo. Su cielo era más azul que ninguno y, en los atardeceres, ese azul se mezclaba con todos los colores del Arco Iris, como en una pequeña batalla de colores. La razón era que, para terminar el día, cada color quería ser el último en despedirse de los cubanos hasta el día siguiente. Y como el Dios que gobierna estas cosas era bueno y amaba a la isla, cada día le permitía a un color diferente ser el último en desaparecer. Los cubanos -que eran las personas que vivían en aquella isla- miraban cada tarde su cielo azul mezclarse en la batalla diaria de los colores y trataban de adivinar qué color ganaría el derecho a despedirse en cada atardecer.
Así eran las puestas de sol en Cuba, pero podría contaros muchas más cosas que pasaban solamente allí. Podría explicar cómo los colores que perdían la batalla se mezclaban con el azul y el verde del mar. Para no cansaros, os diré que en Cuba, y en la época en que ocurrió nuestra historia, el azul siempre era el más azul del mundo; el verde de los árboles y la vegetación, no solamente el más verde sino también el más hermoso; y el rojo de la tierra y el gris del aire se ocupaban de que todas las personas que allí vivían fueran felices de contemplar tanta belleza.
Para su desgracia, en Cuba había dos reyes que estaban siempre en guerra. Uno era rey de las cosas espirituales: del amor, de la amistad, de la emoción, de la bondad, de la valentía, del honor. Otro era rey de las cosas materiales: de los alimentos, del dinero, de las casas, de las calles, las bombillas, las antigüedades. Como sabéis, todas las cosas espirituales necesitan encarnarse en algo material para poder tener vida y todas las cosas materiales necesitan llevar en sí algo espiritual para poder tener belleza. Como los dos reyes se odiaban a fuego y hierro, las cosas materiales y las espirituales participaban de esta guerra de reyes y estaban siempre separadas y en continua lucha por unirse y por separarse.
Y aquí empieza nuestro cuento trágico, porque resulta que un día el rey de las cosas espirituales se enamoró de una mujer cubana; iba paseando despistado, buscando unos pedacitos de compasión que se le habían caído del bolsillo. Como el rey de las cosas espirituales es un poco distraído, estaba buscando muy concentrado por los caminos. Tan concentrado estaba en buscar lo que había perdido que no se dio cuenta de que podía tropezar en los ojos de una cubana, así que, sin poder evitarlo, tropezó con ellos y se cayó de bruces en el suelo. Esto era terrible, porque una vez que estaba en el suelo, el rey de las cosas espirituales no podía levantarse solo, porque carecía de todo poder sobre lo material, que era propiedad de su enemigo, el rey de las cosas materiales. Ya estáis viendo al buen rey caído quién sabe si para siempre, pero no os preocupéis, porque por ahora todo sale bien en nuestro cuento: la cubana, al ver que el rey había tropezado por culpa de sus ojos, sintió amor por él. El amor es lo único del mundo que manda sobre lo material y lo inmaterial y, al sentir amor aquélla cubana, el rey, usando aquél amor que se le daba, pudo levantarse. Una vez de pie, comprendió que si no se casaba con aquellos ojos siempre tropezaría en ellos, así que sintió también amor por la cubana y le pidió que aceptara casarse con él.
Ya sabéis por qué se enamoró y se casó el rey de las cosas espirituales con una cubana. Mientras tanto, el rey de las cosas materiales, al ver que había perdido los ojos más bonitos que tenía en su reino -porque los ojos en sí son algo material, aunque desde aquélla boda pueden reflejar todo lo espiritual del mundo- digo que el rey de las cosas materiales se enfureció y su furor llegó hasta el límite y entonces juró que se vengaría de la pérdida de los ojos con una venganza terrible.
Mientras tanto, por causa de aquella boda, todos los ojos de Cuba empezaron a poder reflejar cosas espirituales. Imaginad lo contentos que estaban los cubanos; cuando la tarde estaba nublada, cuando había tormenta en el atardecer y no podía verse la lucha de los colores para despedirse, los cubanos se ponían a mirarse a los ojos y contemplaban un espectáculo de tanta belleza como el atardecer perdido. Todo esto hacía que el rey de las cosas materiales se enfureciera más y más.
Como suele ocurrir cuando dos se enamoran, el rey de las cosas espirituales y la cubana de los ojos tuvieron cuatro hijas. Las cuatro tenían los ojos de su madre animados por el reflejo del poder sobre las cosas espirituales de su padre, así que sus ojos eran los más hermosos del mundo. Eran también las personas más completas que ha habido, ya que su condición les permitía ser princesas de lo espiritual y, como eran mujeres, tenían dominio sobre lo material. ¿Parece que con todo eso estaban destinadas a la felicidad? Pues sí; con todo eso, eran las personas más adecuadas para ser felices de toda la isla de Cuba, que es como decir del mundo entero.
¿Y así termina nuestro cuento? No, porque os habéis olvidado de la venganza del rey de las cosas materiales. Cuando el rey de las cosas materiales vio los ojos de las niñas, comprendió que el destino de los ojos había cambiado para siempre en el género humano. Imaginad la rabia tan grande de aquél rey, al ver que la mejor cosa material que hay en el mundo, los ojos, estaba ya revestida para siempre de un contenido espiritual. Tal vez os preguntéis por qué se enfurecía si al fin y al cabo el mundo era mucho más rico y más interesante después de la transformación. Pero habéis de saber que el rey de las cosas materiales es muy egoísta, no le importa para nada el resto del mundo, solo piensa en no perder sus posesiones y en adquirir otras nuevas. Así que en resumidas cuentas buscó la manera de mantener ocupado al rey enemigo: desató las tormentas y las lluvias terribles -así el rey de las cosas espirituales se ocuparía en convertir la lluvia en llanto- agitó los mares con vientos y olas inmensas -el rey de las cosas espirituales tuvo que convertir las olas en símbolo de las agitaciones del alma-, desató los truenos y los relámpagos -el otro rey los convirtió en pasiones- hizo que los volcanes lanzaran sus gritos de fuego y lava sobre la tierra -el rey de las cosas espirituales los hizo símbolos del amor-. El caso es que, ocupado en esto el rey de las cosas espirituales, descuidó por un momento la vigilancia de su familia. ¿Sabéis lo que pasó? Yo creo que sí, que lo habéis adivinado. Rápidamente, usando de sus poderes, el rey de las cosas materiales robó a la reina y a las cuatro niñas y las hizo esclavas en su corte. Al mismo tiempo, ofreciéndoles el espectáculo de todas las cosas materiales del mundo, consiguió aturdirlas. El quería con todo esto provocar el olvido, pero como rey de las cosas materiales no puede llegar a tanto, porque el recuerdo y el olvido son algo espiritual. Pero el aturdimiento puede hacerse surgir bajo el influjo de lo material y la reina y las cuatro princesas se aturdieron. Las princesitas habían vivido siempre en el reino de su padre y solo conocían lo espiritual. ¿Cómo iban a defenderse de lo material? La reina conocía ambos mundos, pero había sido tan feliz con el rey que al verse reducida de nuevo a lo material tuvo una desilusión y un desaliento tan grandes que su pensamiento se marchitó como una flor. Ella era la única que podía liberar a sus hijas, porque era la única que podía mandar sobre lo material, por su naturaleza, y sobre lo espiritual, por su boda. Pero ella solamente pensó que era una pobre mujer sola, desconfió de sus propias fuerzas, la tristeza grandísima de verse privada del reino de su marido pudo con ella. ¿Comprendéis a esta pobre reina? No la juzguéis mal, porque antes que reina había sido mujer y madre. Y si una madre ve a sus hijas con hambre y sed -con estas artimañas jugaba aquel rey malvado de lo material- siente un temblor terrible que le quita las fuerzas y la desarma. Así que la reina, a cambio de lo preciso para que sus hijas no se murieran de necesidad, aceptó olvidar su condición, su matrimonio y su reino. Os he dicho olvidar. Mal dicho, porque ya os advertí antes que lo material no puede jamás crear el olvido. Más bien diremos que la reina se comportaba como si hubiera olvidado.
¿Cómo estaría el rey de las cosas espirituales sin aquéllos ojos? ¿Cómo estaría el rey de las cosas espirituales sin poder tener a sus hijas, sabiendo la clase de vida que estaban obligadas a vivir? Yo no lo voy a decir todavía, más bien voy a pediros que dejéis de leer este cuento un momento y penséis en él, y os imaginéis como era su vida y como estaría. Ahora. Parad.
Si no habéis llorado al pensar en el pobre rey de las cosas espirituales me parece muy mal. Eso es señal de que el rey de las cosas materiales tiene poder sobre vosotros, niños; eso sería señal de que ya tenéis un poquito de estopa recubriendo vuestro corazón y de que os espera una vida más pobre si no os la quitáis. Por muchos dolores que pueda llevar la vida, escuchadme: nunca pongáis estopa en vuestro corazón. No dejéis que el rey de las cosas materiales ponga sobre vosotros ni la protección más fina. Vivid con el corazón tan desprotegido como lo teníais al nacer. Aunque recibáis golpes, arañazos, cuchilladas, vale más vivir siendo hombres y mujeres sensibles que siendo animales adormecidos. Bueno, perdonadme, porque yo también estaba a punto de distraerme. Seguiré con el cuento.
Para los que habéis llorado, amigos míos, y para los que no, amigos míos también: el rey de las cosas espirituales estaba muy triste, sí, con toda la tristeza que puede haber en el mundo. Pero nunca penséis que el rey de las cosas espirituales puede rendirse, puede desanimarse, puede abandonarnos. Mientras nos quede un soplo de vida -él no puede morir- el rey de las cosas espirituales luchará por nosotros con todas sus fuerzas. Si os he dicho que no nos abandona a nosotros -uno que escribe y otros que leen un simple cuento- ¿Creéis que abandonaría a su mujer y a sus hijas?
Os tengo que hacer la advertencia de que este cuento no tiene final, porque puede tener muchos finales. En todos los finales posibles hay una cosa que se repite: el rey de las cosas espirituales no olvida, no desespera, no deja de llamar. Lo único que no puede hacer, en su lucha contra el rey de lo material es volverse material él mismo. Pero sí puede infundir su espíritu en las cosas materiales, sí puede espiritualizarlo todo, sí puede conseguir que el reino de lo material puro sea cada día más reducido, más escaso, más pobre. Porque el rey de las cosas espirituales, desde que se enamoró de unos ojos, ya no aspira a engendrar solamente bienes espirituales puros. El rey de las cosas espirituales, desde que contempló los ojos de sus hijas comprendió que su destino era transformar lo material, encarnarse en ello, y conseguir así la integración de todo lo que hay en el mundo. Lo que él quiere conseguir es que siga existiendo lo material, pero fecundado por él, de modo que el mundo por completo obedezca a una sola ley. Y esta manera que tiene él de entender ahora su papel en el mundo podemos decir que es la forma que tiene el amor de existir en la tierra.
En el momento en que termina este cuento, la reina y sus hijas viven todavía presas en la corte del rey de las cosas materiales. Pero yo os aseguro que están a punto de salir de allí, yo os prometo solemnemente que escaparán. Podría haberos contado que ya se escaparon, que viven felices con su marido y con su padre en su propio reino de las cosas espirituales, pero tengo la obligación de no engañaros. Este cuento termina en Cuba, en el año 1994, en los últimos días del mes de Agosto. En esta fecha la verdad real es que siguen presas, que no se han liberado.
Pero su padre les envía continuamente nuevos recursos, nuevas soluciones; llegará un día en que ellas descubran una de estas soluciones, la utilicen, se liberen. Tal vez será una ranita que pasa por allí, alguien le da un beso, se convierte en príncipe con espada material y fuerza para liberarlas, como ocurrió una vez en otro cuento. Tal vez llegue un día una pequeña jicotea en una bolsa de plástico con agua y al cuidarla, al evitar que se muera, el reino de lo espiritual vuelve a renacer con toda su fuerza. Tal vez, al comer un día la Reina con su cuchillo de palo vea cómo los frijoles se transforman en perlas. Tal vez un mendigo, enviado en secreto por el rey, llame pidiendo limosna a todas las puertas de su casa y todos le den un poco de cariño, una limosna por caridad de su corazón. Yo no sé de qué manera la reina y las niñas saldrán adelante. Sé que será con la ayuda de su propio corazón, de sus propios recursos, de su compasión hacia los demás, de su bondad. Sé que será con la ayuda de lo que la reina creyó haber olvidado sin recordar que cuando ella quiera -no con sus palabras, sino con su ejemplo- todas las cosas espirituales la obedecerán, se pondrán a su servicio, la seguirán, le rendirán vasallaje, hasta que ella derrote completamente, aniquile, al rey malvado de las cosas materiales que por envidia de su felicidad quiso arruinarla. Ese día, que vuelvo a prometer que está muy cerca, todos nosotros, vosotros, niños lectores de mi cuento, yo, viejecito escritor, miraremos complacidos ese final feliz que viene y recibiremos como premio a nuestros deseos, a nuestra paciencia y a nuestra esperanza, un beso y una sonrisa. Adiós.

2 comentarios:

Yolanda Molina Pérez dijo...

es agradable poder leer este cuento en el 2008 y decir que la lucha continúa, que el rey espiritual ha ganado muchas batallas, pero que el material también ha tenido las suyas, por suerte el primero no se da por vencido y lo fundamental ha logrado sembrar en las prisioneras la semilla de la esperanza, la certeza de que existe algo más allá de lo que satisaface las necesidades de su cuerpo, y el rey material, lo sabe, el final sigue quedando abierto, pero todos sabemos que la vida nunca acaba...

Animal de Fondo dijo...

Yolanda: muchísimas gracias por leer el cuento, que está difícil de encontrar, ya que no lo tengo asociado al perfil. Y muchas más por tu comentario, que me ha llegado con el sabor de un café tomado a la puerta de tu casa.
Un abrazo muy fuerte y gracias.